Cachineros en sus marcas,
listos…ya!
La revolución de las marcas llegó
para reivindicar a una desterrada clase.
Hace unos días visité la cachina
tacneña, la feria informal de ropa usada en Ciudad Nueva, evidentemente no era
mi primera ni última visita, pero de inmediato se me ocurrió escribir sobre estas
experiencias que, aunque no lo recuerden, datan de algunos años atrás cuando apenas
arribaba sin querer a esta hermosa ciudad.
A mediados de los noventa y bajo
la influencia de Cobain y Pearl Jam o sustancias parecidas, mi hermano y yo
protestábamos contra el clasicismo y una sociedad tan marcada por el dinero y
poder, éramos: los que tenían y los que no teníamos, no había más. Sin embargo
el consumismo tan fuerte nos arrastraba a sus fauces para devorarnos sin
compasión alguna; es así que alguien, no se quien, advirtió de un paraíso en
donde las prendas bailaban sin tapujos ni prejuicios y que además tenían
historia, eran los primeros locales comerciales de la avenida industrial que
ofertaban ropa americana de segundo uso, al menos eso decían los que ya habían
experimentado algo parecido aquí nomas en Arica.
Estaba claro, la revolución había
llegado y nosotros, al menos mi hermano y yo, sumaríamos esfuerzos para reivindicar a nuestra clase, era la
oportunidad para restregarle a la sociedad que nosotros también conocíamos a Tommy
y que no le teníamos miedo al cocodrilo de Lacoste, la colonización de las
marcas había llegado.
De pronto nuestro guardarropa
(antes ropero) se había nutrido de muchas prendas que destellaban sus logotipos
prometiendo privilegios a sus fervientes modelos que, con apenas una inversión
irrisible, habían conquistado aquel estatus que les era esquivo. Ahora sí ya no
podíamos desentonar, éramos parte de esa élite y ahora también desfilábamos por
la pasarela de la banalidad e insensatez gozando de una felicidad que estaba
próxima sufrir su desencanto. El primer golpe fue de quienes en nuestro entorno
ya habían descubierto también el paraíso y que en defensa de descargo señalaban
a los demás acusando en burla que las prendas eran usadas y que no merecíamos
las credenciales.
Avergonzados decidimos replantear nuestra estrategia y ser
mesurados con la exposición. Sin embargo el segundo golpe fue por parte de los
mismos comerciantes que en un principio sólo vendían ropa de segundo uso, ahora
habían aprendido sobre el valor de las marcas y habían comenzado a segmentar a
sus clientes por preferencias y estilos de vida (maldito marketing) claro
estaba podían obtener un mayor margen por ese pantalón pues ahora sabían que
Tommy no era el propietario de la prenda o que los Jeans no necesariamente eran
de Pepe. Vaya desgracia para dos muchachitos de clase media, había llegado
nuestro Waterloo.
De ésta experiencia podemos
reconocer el valor que las marcas generan sobre las personas, es impresionante
lo que puede ejercer en la gente, seguridad, autoestima, reconocimiento, etc. Aun
cuando éstas han sido reutilizadas. Nos vemos en la cachina para cruzarnos con
los “marqueros“ limeños que reconocerás fácilmente por su aspecto desgreñado y
exageradas mochilas en la espalda pegados al celular.

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