lunes, 8 de junio de 2015

Aquello que nos ha marcado de por vida


Venga, venga el sabor de Inca Kola, fue quizá el primer estribillo publicitario que, según cuentan mis padres, solía acompañar cuantas veces se escuchaba temprano en la radio allá a inicios de los años 80; luego fui aprendiendo otros jingles que posteriormente me convertirían en la atracción y deleite de familiares y amigos en cuanta reunión hubiese en casa. A los 10 años mi padre me pidió, quizá bromeando un poco, que le hiciera el afiche para el concierto de su banda Cobre Rock; recuerdo que emocionado coloqué mi zapatilla Converse sobre el viejo escritorio que heredamos del abuelo y con lápiz en mano creé quizá mi primer naming y marca, Rockcital. Sorpresa la mía cuando papá llega, días después, con un sobre oliendo a kerosene para mostrarme la impresión de los afiches que, por supuesto, mostraban el logo del evento y una desenfadada zapatilla en medio de la pieza.

Desde entonces no he podido parar, ya de adolescente dibujaba el swoosh de Nike sobre cartulina a modo de plantilla para luego grabarlo en algunas prendas y en el colmo de la vanidad pintaba con tres rayas inclinadas unos insignificantes “machuchos” Febo para convertirme en un crack del fútbol que se creía auspiciado por Adidas; Es así que he aprendido que el mundo gira en torno a las marcas y no sólo como justificación comercial, sino más bien como respuesta del hombre a la naturaleza, pintoresco entorno que ya se había encargado de mostrarnos lo gratificante que resulta distinguirse o destacar en medio de un todo sino basta con contemplar los generosos matices florales o las texturas con las que visten algunos animales. 

Tal lección le sirvió a la humanidad para comprender que debía hacer algo para identificar y reconocer aquello que percibía, es así que los primeros pobladores, animados por el instinto, mezclaban tierras y plantas para pintar sus cuerpos con pretensión jerárquica, aprovechando las cavernas como lienzos para capturar el tiempo. Ya luego del instinto se encontraron vestigios quizá conscientes para el uso de marcas, como el Papiro de Shem que se encontró en las ruinas de la ciudad de Tebas en el Antiguo Egipto con más de 3000 años, en donde Hapu reclama a su esclavo perdido, Shem. El detalle es que promete entregar recompensa si lo llevaban de vuelta a su tienda, la tienda de Hapu el tejedor, donde se tejen las más hermosas telas al gusto de cada uno. Pero quizá la prueba fiel sobre el origen de la marca como objeto de identificación han sido los cueros de animales hallados en la península escandinava que datan del siglo VI en donde se evidencia el uso de símbolos y emblemas que permitían identificar el ganado respecto al propietario y a la calidad de las bestias, es entonces, de pronto, el inicio más rudimentario del logotipo. 

No podemos omitir los elementos distintivos que ya habían propuesto los griegos, romanos, chinos, aztecas e incas utilizando figuras y pictogramas para identificar poder u otros factores y claro la ornamenta polinesia que dio origen al tatuaje, pero sin embargo lo que hace diferente la experiencia nórdica es el propósito comercial.

Recuerden entonces que vivimos marcados por el simple hecho de querer distinguirnos del resto, estoy seguro que a lo largo de éste viaje que hoy comienza, nos encontraremos con muchas historias que de seguro marcarán vuestras vidas.

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